Espectacular victoria de Pedro
Sánchez. Sorprendente y, hasta cierto punto, inesperada. Los doscientos mil
militantes del partido socialista han dicho basta. La trascendencia de estas
primarias del PSOE es enorme para esta compleja partida de ajedrez que es la política
española. Yo me he llevado una sorpresa y, hasta cierto punto, siento un
moderado optimismo sobre las consecuencias de este movimiento sobre los asuntos
políticos. La investidura de Rajoy fue ignominiosa; ¡los socialistas
invistiendo a Rajoy, que vergüenza! Tampoco podía comprender cómo los
socialistas aceptaban a una lideresa tan mediocre e intransigente como Susana
Díaz. Me alegro mucho; ¡la militancia tiene buen ojo! Es un voto que demuestra la
vitalidad democrática y la madurez política de unas bases que han tenido la
valentía de plantar cara a los jerarcas de su partido. Han dicho basta a una
organización secuestrada por su aparato. Un aparato formado por viejas glorias,
apoltronados jerarcas que, abusones, han convertido al partido en una empresa
al servicio de sus intereses personales. Unos intereses personales vinculados
con el “régimen PPSOE” que ha gobernado este país en los últimos años, con una
alternancia que parece pactada, consistente en la práctica sistemática del
nepotismo y el saqueo de las arcas públicas, a cambio de favorecer los
intereses de las grandes corporaciones empresariales y financieras. Yo me quedé
de piedra el día que leí que Felipe González había presentado a Susana Díaz,
como nueva líder del partido, a los principales banqueros y empresarios del
país, para obtener su tácita aprobación. Poco a poco, los votantes españoles vamos
descubriendo el inmenso fraude al que hemos estado sometidos.
Yo opino que la victoria de Pedro
Sánchez puede tener una inmensa trascendencia política para el futuro inmediato
de este país. Plantea una movida en el tablero de ajedrez que puede cambiar el
signo de la partida, trastocar la política española. Pienso que un “nuevo” PSOE
--renovado con gente más joven, honesta y eficiente--, podría desbloquear el
problema más grave que tenemos planteado: la
cuestión catalana. Las declaraciones de Pedro Sánchez reconociendo la
identidad plurinacional del Estado español son un buen augurio. Ha conseguido
una gran victoria, una victoria muy holgada. Esto lo inviste de un gran prestigio
y autoridad, que ha de aprovechar. Tiene la delicadísima misión de sumarse a la
regeneración de la política española, de sumar a las gentes que votan al
partido socialista a los inmensos cambios que debe emprender la sociedad
española, para regenerar sus instituciones y avanzar en las reformas necesarias
para construir un nuevo país más democrático y mejor. Tiene que luchar contra
el inmovilismo de la vieja guardia de su partido, conchabada con la cúpula del
PP para blindar el “Régimen” y evitar que nada cambie. Las viejas glorias del
socialismo deben estar removiéndose en sus asientos; no se lo van a poner fácil.
Pedro Sánchez deberá demostrar su habilidad para evitar las celadas que le
pondrán. ¡Y son poderosos! Cuentan nada menos que con el grupo Prisa y El país detrás. Toda esta red de
intereses que se ha ido urdiendo en décadas, no cederá sus privilegios, así
como así. Se defenderán con uñas y dientes. Yo creo que ahora, si Sánchez consigue
desprenderse de los apoltronados de su partido, debería negociar con Podemos y formar
un frente opositor al gobierno con opciones para ganar las próximas elecciones.
Si es listo, su gran apuesta sería liderar con el apoyo de Podemos el
desbloqueo de la situación catalana. Un bloque reformista mayoritario que puede
enfocar un nuevo gran pacto de Estado, desde la asunción de la
plurinacionalidad de España. Buscar luego la implicación de los nacionalistas
catalanes. No nos engañemos. Esta es la cuestión más importante que deberá
afrontar el futuro gobierno. Ya sabemos que las grandes líneas de la política
económica vienen impuestas desde Bruselas (léase Alemania). Aquí poco hay que
hacer; no importa quién gobierne, España ya no dispone de plena autonomía para
regular su política económica. En cambio, la situación creada en Cataluña es
muy grave; está poniendo en jaque a todo el Estado. Es de una importancia
crucial centrar toda la atención en esto y urge empezar a negociar una salida.
Ya sea para pactar un referéndum que pueda abocar en una desvinculación
amistosa de Cataluña –no creo que pase, pues parece más probable que gane la
opción del no por una ajustada mayoría--, ya sea para establecer una nueva
etapa política que convenza a Cataluña a seguir, como nación, dentro del Estado
español. Pedro Sánchez podría haberlo conseguirlo cuando se intentó su
investidura. Creo que se dio cuenta de que Podemos los aventajaba en esta
cuestión. Creo que, finalmente, vio que esta era la llave del futuro. Simplemente,
no le dejaron. Lo defenestraron. Los Felipe González, los Rubalcaba, los
Alfonso Guerra, los Rodríguez Zapatero… y también el aparato del PP. El establishment del “Régimen”.
No hay otra solución. España no
puede navegar con la mitad de los catalanes remando en contra. Los populares se
empeñan en un error garrafal: considerar que los catalanes han sido manipulados
por sus élites políticas y se han abocado como corderos hacia un callejón sin
salida: la independencia. Pero esto no es así; este es un análisis simplista
que no se corresponde con la realidad. Hay un descontento real, que afecta a
amplias capas de la ciudadanía de forma transversal. De hecho, muchos catalanes
consideramos que nuestros líderes son unos hipócritas (léase
Convergència/PDCat) pues se apuntaron a la movida tardíamente, arrastrados por
las multitudes descontentas. Este análisis es esencial, pues es muy distinto
que un movimiento como este proceda desde arriba, sin legitimidad democrática,
a que sea un movimiento popular, impulsado por amplias plataformas ciudadanas.
Otro error sustancial del Estado, derivado de este análisis equivocado, es
pensar que derribando a las élites corruptas catalanas (léase el clan Pujol y
todas sus ramificaciones) se acabaría con el independentismo. Error, grave
error: el movimiento independentista funciona fuera de esta lógica y se
mantendrá a pesar de todas las operaciones de guerra sucia que se planteen
contra nuestros líderes (corruptos o no). Hoy por hoy gobierna el PP, lo que
clama al cielo visto lo que poco a poco van desvelando los jueces. Es una
ignominia, una prueba muy dura que provoca una rabia inmensa. Para mayor
agravio, encima, en Cataluña es un partido minoritario, por no decir residual,
pero que impone su poder, muchas veces de una forma despótica y revanchista.
Esto exacerba todavía más los ánimos y retroalimenta el rencor, el odio y, por
lo tanto, las reacciones radicales.
Mal que nos pese, aún hay un
fuerte apoyo electoral detrás del PP. Es una situación perversa, pues los
millones de votos que tiene el PP y lo legitiman en el poder del Estado,
estrangulan la libertad de Cataluña. Conviene que los ciudadanos comprueben
poco a poco la vergonzosa y deshonesta administración del Partido Popular. Que
descubran que sus prácticas corruptas son sistémicas y no aisladas, debidas a
algunos elementos corruptos, como pretenden hacernos creer. La desafección de
sus votantes ira calando como una lluvia fina. Por fin podrá establecerse un
frente “democrático” sensible a la corrupción y también a la gran cuestión, como
digo la más importante: el conflicto Cataluña/España. Es cuestión de tiempo que
se establezcan nuevos interlocutores con voluntad de sentarse a hablar.
Personalmente, opino que la situación actual es extremadamente peligrosa. El
gobierno del PP, con el apoyo de un partido anticatalanista como Ciudadanos, ha
tensado la cuerda más allá de los límites razonables. Urge emprender un camino
negociador con gente competente, tolerante, que no estén envenenados por el
odio y el rencor. Con imaginación, valentía y una nueva visión de las cosas. Mariano
Rajoy y su equipo han demostrado su incompetencia para resolver tan espinosa
cuestión. Un líder mediocre como Rajoy, enrocado en un cinismo compulsivo, con
su estrategia paralizante consistente en no hacer nada. Algunos creen que es
una estrategia inteligente; yo creo que su inacción demuestra su falta de
imaginación, su incapacidad para actuar, su mediocridad como líder, su falta de
talento y de competencia a la hora de sentarse a negociar y resolver conflictos
de alta complejidad. Con esta actitud, que puede interpretarse como estúpida,
pero también como prepotente y provocadora, ha conseguido exacerbar los ánimos
hasta conseguir que una parte nada desdeñable de la ciudadanía esté en pie de
guerra. Su actitud irresponsable ha provocado a los catalanes, alimentando una
rabia indecible. ¿Qué se pretende conseguir con esto, sino incendiar aún más la
situación? Lamentablemente, su partido alimenta el odio y el rencor hacia los ciudadanos
que, hartos de no encontrar respuesta a sus anhelos y necesidades, han virado
hacia posiciones independentistas. Así, estos altos funcionarios del Estado,
anclados en una estrategia de recentralización de España, no son conscientes
que ejercen un nacionalismo tan intransigente, por lo menos, como el que
intentan combatir.
Muchos catalanes queremos decidir
nuestro futuro. La gente debe saber que, según las leyes internacionales,
tenemos ese derecho como nación que somos. Unos se decidirán por la independencia,
otros mucho no. Ya he dicho que, hoy por hoy, una mayoría ajustada votaría por
la permanencia en España. Si es así, deberemos acatarlo. Ahora bien, no se
puede seguir mintiendo al resto de los españoles haciéndoles creer que nosotros
no disponemos de ese derecho de autodeterminación. Por su parte, los partidos
españolistas tienen la obligación de luchar para convencer a los catalanes para
que sigan asociados al Estado español. Como en todos los conflictos, hay que
ceder contrapartidas; no se puede actuar con la prepotencia de quién se cree
superior, intentando la asimilación pura y dura. El diálogo debe ser entre
iguales. Muchos en Cataluña esperan esta actitud. La política de imponer por la
fuerza no va a ningún sitio. Con esta táctica no conseguirán convencernos de
seguir formando parte de España. Deben surgir políticos inteligentes, con
reflejos democráticos, capaces de seducir a Cataluña. Esto requiere apertura de
mente, diálogo y concesiones por ambas partes. El gobierno actual está
desautorizado para esta tarea, por incompetencia. Pero, además, no cuentan con
la credibilidad y la autoridad para tan delicada labor. La corrupción endémica
en el partido PP los deslegitima para una tarea de tal envergadura y
trascendencia. Quizás ya ha llegado la hora de que una nueva generación, más
fresca y mejor formada, tome el relevo.